| dibujo por Juan Carlos Moisés |
Ricardo Daniel Piña
La pelea. 25/11/2019,
Un grillo en la media, es la dureza en la planta de mi pie.
Esta mañana siento mi piel más seca, más oscura. La piel se me endureció. Se lastimó. Mis manos y mis dedos se llenaron de callos.
La permanencia en el lugarcito donde vivo en el campo está ambientado para vivir la intemperie como una razón más del proletariado.
El colectivo local paró en una bocacalle. Tiempo para que los transeúntes se acerquen a la oscunidad. La garita donde se refugian del sol o la lluvia, estaba ahí nomás. Cuando el sol cae a pedazos como la lluvia se hace inevitable detenerlo. Con una mano en visera. Con un periódico. Con la bolsa de los mandados. Algunas doñas andan con paraguas a modo de sombrilla. El sol es más implacable que la lluvia. Permanece más tiempo. Engorda el aire. Flota como niebla. Te raspa los brazos, la piel de la cara, te enceguece. Te decís si habrá tregua. Si las calles tendrán sombra. Si las chapas pararán la insistencia. No es calor. Es sol. Descerebrante. Traumático. Perverso. Lascivo. Maléfico.
La mujer que venía caminando por la calle, hacia el colectivo, rodeada como de 9 perros. Medianos y grandes. Sigue en medio de un griterío canino impresionante. Uno medio amarillito café con leche, medio tullido, es retrasado por otro, que parecen estar en un juego. De golpe el más grande detiene sus giros y volteretas. Lo enfrenta y lo muerde en el lomo. Varias veces. El tullido, más chico y disminuido resiste con entereza y movimientos de evasión. No sin desparramar en la asfixia del día, un griterío de dolor terrible. Al instante de los aullidos de dolor, los demás se vuelven y comienzan a atacar al más perjudicado en la pelea. Se trenzan feo. De a dos lo arrastran del lomo, por la calle de tierra. El pobre tullido y desahuciado perro, parece entregarse a que lo despedacen. Cuando la mujer, de mediana edad, bañada por el estruendo de sol y gemidos de dolor, se detiene y se da media vuelta. Mira el perrerío gritando y atacando a uno solo. Camina hacia el tumulto de polvo y pelos de colores, que se disuelve ante la autoridad de la señora, que no les dice nada o no alcanzo a escuchar desde el colectivo, camina hacia un portón blanco, lo abre, el perro amarillo, el desfavorecido entra. Los demás continúan caminando a su lado.
En la finca. 12/11/2019
Las moreras y los paraísos han sido podados al ras. A unos 30 cm del piso. Para que se atoren en el crecimiento. Para que no haya superficies que hagan la fotosíntesis para poder crecer. Así los secan más rápidamente. Pero han convocado a un paisaje extrañamente resistido a la adversidad. Borbotones de ramas salen de un pequeño tronco apena asomado de la tierra.
Así me interpreto yo. Crezco luego de haber sido talado. Resisto. No me entrego y eso me hace vivir otra dimensión de la tragedia.
Los eucaliptus alineados en los bordes de la finca, son los únicos que se usan como leña en los secaderos de tabaco.
Nunca vi tanta variedad de pájaros. De algunos no conozco ni siquiera los nombres, Las planicies elevadas de Salta encierran (literalmente, entre los cerros que la bordean) una cantidad importante de variedades de especies de pájaros.
Cada una de las piedras que aparecen por todos lados, carecen de filos, cortes, o fisuras. No tienen ángulos ni aristas. Tienen lados redondeados. Pienso que estoy en un lugar por el que, antiguamente, corrió mucha agua.
Este valle interminable recortado por cerros alrededor, recoge los ecos como un verdadero megáfono de roca, de esa cadena infinita de rugidos de intemperie.
El borde. 06/11/2019
Estoy parado en un depósito aluvional. Convertido en fincas, pueblos, barrios cerrados, rutas…
Cuando las cosas callan, la voz transparente de la mañana dice palabras naturales en las flores, en las piedras, en los pájaros, Mi renuncia se distrae entre las ramas de las moreras y los sauces.
Estoy viviendo en un ranchito que usan los peones que trabajan en el campo. Está ubicado en el borde de la finca, lindante con la ruta colectora que la une al acceso oeste, que lleva al aeropuerto de Salta.
El sarcasmo. 06/12/2019
Invisibles cadenas de gruñidos de gallos mordisquean la noche de los perros, en el campo. En la finca. Tubos raspados de odio resentimiento de animal de granja rey de las gallinas consortes. El aire es un cuchillo de vidrio. Repeticiones de madrugada. Cuerdas tensas en la madera de los cuerpos plumíferos que descerrajan el espanto y el horror de un grito de abismo. No es cantar. Es aullido y herida de lobo liviano corazón de uva. Es el infinito de la queja decidida. Fantasmas blancos y negros que fosforecen en el dolor y el sacrificio campero. Reconocen la cuenca imperceptible que se aleja de sus gargantas. Y el dibujo que hace la pasión como un tubo amarillo apenas perceptible en la falta de luz, es saliva y lágrima de vidrio traqueal. Astillas del rictus del gallito enclavado en el poste del alambrado.
El sarcasmo del fin del mundo.
El valle. 10/12/2019
Escucho esa voz ennegrecida en venas alquitranadas retumbando como ecos en el Valle de Lerma. Enceguecen los cuerpos blancos y negros. Tornasolados. El grito de cautiverio. Anillos esofágicos enfurecidos. El grito de cautiverio. La voz de la humanidad apretada en esa opacidad traqueal del gallo. Un silbato de plumas y tendones, deformes, resistiendo la opresión de las almas. El grito de cautiverio.
Tubos. Caños. Resortes acanalados. Arteriales. De cuero reseco y ajado.
Estertóreos. Nauseabundos. Posesos y diabólicos.
Nunca diré que el abandono habla de latas oxidadas en el camino.
No diré tampoco olvido cadavérico del rococo que blanqueaba sus huesitos al sol originario del trópico. Agregaré que una noche, yendo a casa, apareció frente a mí en medio de la lluvia, un rosal rosado. Con sus flores abiertas y radiantes.
El rosal rosado. 13/12/19
El Pilcomayo se derrama. A´hutsaj y Tsetwó. El ave mítica majestuosa de guerra, y el cuervo wichí. Están plácidamente descansando en la otra orilla. Nadie sabe decirme si esa orilla es Paraway o Bolivia.
Quiero creer que por la cercanía es un banco de tierra…
La enciclopedia hace a los países inconmensurables. Infranqueables instituciones irreales. Imposibles de dimensionar en una tarde de soles aventurados con amigos originarios en el río. Nadie sabe si esa orilla es Paraguay O Bolivia. Verónica y Celeste pasan caminando por el medio del río, hacia el otro lado. Es muy difícil en la corriente. Más difícil aún, caminar sobre el lodo del fondo del río.
He decidido volver hacia la orilla. La correntada, el lodo del fondo y el sol se conjugan de tal forma que me hacen recalar en la playa. Termino por echarme boca abajo en el barro de la orilla. Escuchando el ruido del agua con los labios apretados al suelo.
La resistencia es abrazar al limo de Bolivia, Paraguay y Salta.
Restos de los dioses fósiles del Tahuantinsuyo.
Los gallos de Hegel. (Extracto) 13/12/19
Bestias elevadas hermosas plagiadoras de las tormentas. Escucho sus gritos fétidos de odio raspando la nube de oxígeno que nos envuelve. Dioses semejantes al gallo de plumas, con un pedazo de carne roja brotando por el cráneo y cayéndole por su cuello de esfinge egipcia.
Apenas un silencio pequeño entre las líneas cantadas. Un silencio de octavas exactas que se repiten en la inmensidad de la saliva y los fluidos.
Y Hegel dice: “Los animales desean cosas”. “El hombre desea deseos”. “El hombre desea someter a otros”. “Desea que lo reconozcan como superior”.
El proletariado esparcido por el valle como ronquidos de gallos en la madrugada, se está muriendo de hambre. La descendencia muere sin pan. Sin nada en sus estómagos. Se mueren las madres. Mueren los embarazos de abortos espontáneos por desnutrición. Los gallos gritan de dolor y odio a la raza humana. Los peones trabajan para el patrón de la finca. Son los hacedores de la rentabilidad del patrón. Cantan de horror mientras siembran tabaco, y gritan con sus cuerdas vocales envueltas en alcohol y nicotina. Los gallos tienen al corazón pequeño como una uva y el odio explotando de plumas. Los peones no tienen nada. Solamente su trabajo físico. Tienen sus cráneos rojos de sangre y sol como los pollos. Desde la finca todo se parece al gallo hirviente en el poste. Sometiendo a los súbditos con su grito resentido. El peón se levanta a las cuatro y media, y sale del rancho cantando. Y sale rumbo al campo a sembrar tabaco y canta…. Canta canciones a sus niños pequeños y desesperanzados. Canciones tristes y lúgubres.
Largas sucesiones refulgentes de terror y odio. 11/12/19
Tráqueas retorcidas en penumbras de la ceguera del alcohol. Jornales de pocos billetes unidos a la madre enfermita que espera en el rancho. Y el patrón también se levanta a las cuatro treinta de la mañana para mirar por la ventana de su habitación, para ver cómo se preserva su inversión. La simulación de su capital es el peón de campo, el tabaco y la siembra a mano. Su capital es la hilera de moreras, los sauces, las maquinarias, la hacienda. La sucesión de eucaliptus preparados para usarse de leña en los secaderos de tabaco. Su estrategia de inversión es el grito estomacal hediondo que repercute como el gatillo de un arma, entre los cerros. Su descuido necesario es el aire de apropiación de la plusvalía. Es el agua que se lleva la esperanza en la lluvia.
Yo duermo solo en mi rancho en compañía de una mesa, un sofá, dos bancos, un par de almohadones y mantas. A veces pienso en las flores ocupando la intemperie de afuera. Otras veces veo los ángeles vaciando las botellas. Y recuerdo a luz de tus ojos encendidos de amor.
El terreno 14/01/2020
Me siento a mirar la parcela de terreno a mí alrededor.
Escucho y pienso en el silencio de los gallos. Imagino el estruendo repetitivo furioso insistente perseverante de los tantísimos gallos en las chacras del monte salteño arrasado por topadoras de gringos y criollos.
Una sola forma de ver el mundo.
Luces de niños que se apagan.
Luces de niños que se mueren desnutridos en las comunidades.
Los ángeles apoyan sus frentes en el polvo del camino y descansan.
Es la mañana, la hora de la ausencia de los peones que salieron a la siembra.
Veo que ya no están. Se recortaron sus figuras mustias en un instante por entre los cerros.
Y adivino cardenales, jilgueros, reinas moras, horneros, calandrias, zorzales.
Colibríes, que los vi suspendidos en el patio de tierra, mirándome, para perderse como esquirlas de una intención más grande. Los ranchos, las taperas y el chaperío, las motos,
los caballos y las bestias domésticas salpicadas como barro.
El colectivo 4C por la ruta angosta que pasa por el borde como recta de mil metros, que se hace una curva de cientos de metros hasta la entrada a la circunvalación.
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Noviembre-Diciembre 2019 / enero 2020
Santa Victoria Este / Finca Las Costas- San Lorenzo Chico
S A L T A