Marquita
Marquita de tatuaje, presión perdida en los pañales,
Estoy inventando una biblioteca, una recopilación
de hojas verdes para quemar en el verano.
Por eso he sido paciente, tan poco ducho, tan
afilado en la nada.
Primero sueño
La figura del círculo encierra la repetición. El regreso al comienzo, el caminar hacia un centro indescifrable, donde bullen
símbolos del todo que la cabeza procura descifrar. Los círculos concéntricos abren las huellas de lo duradero desconocido, alguna mueca de misterio y trascendencia.
Fuera del círculo la razón alucina por ignorancia, crea otros círculos que se entrecruzan, otros centros para depositar lo oscuro desconocido.
En los límites indescifrables de los últimos círculos, una tierra yerma, barrida por el viento, borra todas las líneas, pasa un rasero por los mundos imaginarios, arroja torres de arena y piedra sobre los antes bien dibujados espíritus del paraíso, tan imperfectos como el trazado del primer círculo.
Te han prometido una perfección que resultó triste arte de geometría, palabras en retroceso hacia los márgenes de un lenguaje que no se habla en la tierra.
Sobre los bordes achatados del planeta, donde la tierra se dobla,
las ansias de conocer se desvanecen y un frío de ignorancia retuerce las brújulas.
Sueño segundo
La cabeza falla, aunque busca la precisión del búho para girar y
dar en el blanco que tiene a su espalda.
No se trata ya de comprender la carga magnética del cerebro, sino sus destellos de búho o animal rapaz que se lanza al vacío en busca de una presa.
La cabeza falla, ve demasiado tarde las presas pequeñas, demasiado pronto las que exigen determinación feroz e inmediata.
Vacío de acción, el cerebro se piensa perfecto. Pero su lógica es de garra, pico o punzón natural.
La naturaleza ataca las fuentes de la clasificación, no da facilidades.
En ella se entra o se sale en zigzag, con los ijares mojados, la piel rasgada por los elementos, y algunos fragmentos de lo que hemos podido morder o penetrar. Sin elección posible, comemos lo que atrapamos, no lo que buscábamos.
Sueño tercero
Tengo una promesa hecha de alcohol y herrumbre,
mi sabiduría.
Lentamente comienzo a reconocer lo que recuerdo,
lo que olvido a propósito,
lo que olvido sin querer.
No puedo pensar en lo que supe, lo que toqué,
lo que golpeó sobre mí como alud benéfico o torre de las desgracias.
Ahora puedo escribir lo que no sé, lo entrevisto en penumbras.
Voy como un animal silencioso, ciego de dolor en la selva umbría, feliz de mi carne viva.
Sueño cuarto
El animal, recogido en el fondo de sí, busca un espacio para
respirar o morir, lejos de otros depredadores. Afuera ocurren la
lucha, la búsqueda del alimento, el matar para vivir. Dentro de la
cueva en que ha caído, un sangrante no puede elegir, su mente
retiene imágenes reflejadas del ayer que compartía con los que se mueven en el mundo exterior. Ahora su universo es otro: el dolor, la espera, el vaivén de los líquidos incomprensibles en su cuerpo, la incapacidad para percibir si el sufrimiento nuevo crece o decae. En momentos en que siente alivio, recorre el sitio en círculos concéntricos, se anima hasta el límite en que la oscuridad se atenúa, luego se ovilla hasta el ensueño. Afuera están los otros, ausentes, veloces, ocupados en la caza, olvidados de él, ya no sus semejantes. Quizá puedan recordarlo un día, si él sale de la cueva con los colmillos aún asentados sobre las encías.
Viaje
Empecé mis viajes transoceánicos.
Viajo con una perra y un gramófono.
Los estribos están carcomidos por la sal
del Caribe y escupidos por quienes bajaron
maldiciéndome.
El canto se aplica sobre mi navío como una ley
que significa que no haya ley sino pasión.
Envuelto en dos frazadas,
preparo un golpe de otra realidad.
Mientras tanto, procuro no caer.
Los deseos irreprimibles
Cuando la mano ya inició
el movimiento
uno tiene la conciencia fugaz
del mal que está por cometer.
La ropa caerá,
el vino será derramado,
el corazón sangrará para siempre.
Pero uno no puede detener el movimiento.
Aguaceros
Escribir lluvia de una manera tal que nadie dude de las gotas que caen sobre su corazón. Lluvia, como un trazo japonés o el gesto ínfimo de quien sabe amar o suicidarse sin maltratar su estética. Esta mujer quiere sentir el agua que no cae, no caerá jamás, sobre el desierto de Atacama. Sentada bajo un toldo de bolsas blancas, ella interrumpe la ruta interminable que atraviesa este largo desierto. Habla de la lluvia que ha de llegar, rodeada de quesos amarillos y un cabrito que ha matado por la mañana. El sol quiebra cualquier cabeza salvo la suya. Tiene un repertorio de lloviznas, de tenues gotas sobre las paredes de nylon, de invisibles cortinas de agua, de temporales arrachados de otra época, de vapores que se elevan desde la tierra seca. Esta mujer no miente, ni sueña: lleva aguaceros en la cabeza.
(Salar de Atacama).
Las llamas
Descubrir en una mañana de otoño que todo aquello que esperabas no ha pasado, o ha pasado sin que pudieras advertirlo. El sueño es cambiar la desazón más absoluta por la idea de que, todavía, todo está por pasar. ¿Esa es la cuestión? ¿Esa es la cuestión? Que afuera el viento arrastre a la vida por una calle desolada no es lo más terrible, ni lo más terrible es el invierno, que vendrá. Lo que verdaderamente nos aterra son aquellas tinieblas que no cambian con las estaciones. Hemos hecho un refugio para hacer sonar una música. Gotea sobre nuestras cabezas el espíritu de una época de asesinos, pero igual afilamos nuestros cuchillos. Los tirantes del techo se sacuden como si fueran a aplastarnos, y decenas de calamidades parecen atravesar las rajaduras de la pared. Las llamas suben por las escaleras, pero igual afilamos nuestras palabras.
(Pasaje Los Patos, en casa de mi hermano Avelino Naves, el cantor).
Ojos de pupila brillante
La pura mirada de Ella ante el otoño de las islas, el mar furioso, la barca grisácea que la lleva entre ganado lanar, bolsas de mariscos, niños dormidos entre camiones. Millones de arrugas entrelazadas no tapan el brillo de esos ojos de pupila brillante, que las ráfagas no cierran, duros en mirar al verdugo y al más flagrante castigo. No ha de bajar en toda la travesía al refugio donde los viajeros se amontonan; afronta así la frágil existencia, el viento helado y los golpes de agua contra la cubierta. Mastica una papa con ají y bebe pisco que lleva en un frasquito, parece elevarse con el zarandeo como una imagen sagrada de los chilotes, su silencio posee una sonrisa para no creer en nada, en su memoria caben criminales venidos de ultramar y meros compatriotas de uniforme. Cede su única manta a un pequeño mapuche que puede ser su nieto o su enemigo. Hay que tener paciencia, para eso nos hizo dios, musita.
(Quellón)
Últimos herejes
Nos están alambrando el campo los raza blanca, señor, dijo el cacique Quilchamal a Roca, el general. Antes había mucho animal, yegua, vaca, oveja, le dijo, pero ahora dejan a los animales del lado de adentro de los alambres y a mi gente afuera. Yo le digo con respeto esta cuestión, señor general, yo para qué voy a hablar mentiras. No sería hombre, entonces. ¿Un general sabe eso? El problema de recordar es el temblor, piensa el cacique mientras avanza hacia El Chalía. Cuida de no dormirse, de no caer sobre el caballo que avanza pisoteando las mentiras del general, la baba de coroneles y mercachifles que ha acumulado el siglo con su viento sobre la planicie. Quilchamal duerme, en realidad, aferrado al animal que lo conduce a la muerte en un malón sin esperanza. Duerme en medio de un malón ya sin lanza ni enemigos, para la muerte basta el viento helado y la nieve que cae sobre los últimos tehuelches, puntitos en medio de la pampa, animales sin leña ni carne; últimos herejes de la llanura repleta de rocas.
(Lago Blanco, en memoria de Manuel Quilchamal).
La oveja
“¿Levantar la cabeza?
¿Dónde cree que estamos, en la Patagonia?”.
SAMUEL BECKETT
Atrapada por el cuello al alambre de púas, un mal movimiento la degollaría. La oveja desliza milímetros su cabeza hasta quedar inmóvil a la espera de una solución que escapa a sus propios movimientos. Su cabeza no piensa, ni esboza cursos de acción, apenas percibe el suave ardor de los alambres puntiagudos, mientras a unos metros del alambrado los vehículos atraviesan la soledad. Pasan sin verla, o ven apenas la imagen fugaz de una oveja que permanece muy cerca de la ruta, en una inmovilidad sólo rota por gestos imperceptibles. Atrapada por el cuello al alambre de púas, oye la secuencia creciente y luego decreciente de los motores, quieta se queda y algo semejante al placer percibe cuando logra la quietud absoluta. Empieza a dolerle cuando se adormece, y así se despierta, y vuelven a nublarse sus ojos azules hasta que regresa el dolor que para ella no tiene nombre. No puede estimar la duración de la noche ni aspira al azar de alguien que atine a separar su cabeza del alambre.
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