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lunes, 4 de agosto de 2025

Rinoceronte Puneño y otros poemas

 

Euloquio Rojo del Jardín, escritor y músico nacido en 1989 en Palpalá Jujuy. Radicado en San Miguel de Tucumán. Ha participado de Festivales de Poesía "Sumergible" en 2015, y en "La Juntada" en 2016; ha presentado "Pìedra de Sol" en 2017 con la compañía de teatro y música Grupo Aú. En 2019 ha presentado su primer libro "El aceite de los años" en varias provincias.


Holos

Me dijiste "Holos". No había otra palabra para nombrarlos.

Las burbujas, las semillas, los huevos, las flores, las piedras, las estrellas, las frutas, los ojos, los corazones, los ovarios, los testículos, las nalgas, el polen, la arena, la espuma.

Dijiste que el mundo está compuesto de holos, que si es redondo no es malo. Una hada maestra arquitectónica, una dulce indígena, un animal precioso y voraz.

Voy engranando paralelo a las escaleras al cielo, curvándome lentamente, llegando a desarmarme justo en el pliegue.

La forma de la lluvia, los pogos transpirados, la bola mágica de la bruja, la pelota de trapo para el fútbol de la siesta, el señor sol, disco de oro embriagado entre los bosques al alba, el contorneo sensual del barro mezclado con su artesano, la aguja bien calzada en un reloj que se ensambla y se atornilla con ojos de lechuza, las uñas del guitarrero  de rayo seco en las cuerdas, en las sombras de la capilla resuena, bajo la morera, los agujeros de la tierra cual madrigueras sazonadas en la época del cultivo dan aromas al peregrino pasajero, abobinan las hojas y sus migajas en la dichosa blandura de alrededor de las acequias.

Los Holos, me decías, explican al mundo.  ¿ Pero qué son los holos? Mirar el mar armarse una y otra vez, despampanante y amoroso sinsonte. Una ola que se alza como un potrillo de agua, fiereza y espectáculo que jadea. Mirar las hojas secas rodar como una lágrima del árbol, el pastoreo gira, el estiercol redondeado por la pastura, los pechos flamantes de una paisana, bordados en escotes de camisola de tonos rosados, los girasoles prensados en los bidones para el aceite, las primeras letras en el cuaderno de primer grado, los tornos y el zumbido, aventuras en el taller.

Los Holos están en todas partes, cadencia de los dramas, ritmo rompiéndose, en trance. Y más allá de la adyacente un globo que no existe, reventado, la irreverente redondez de la tierra, sus pulsos a viva voz y un canto moldeando almas innatas, surcadas por aguas nuevas con un nuevo destello que clama desde las ruinas, que dejan ver el licor escondido bajo la corteza.

Los Holos retobados, la fecundación irreversible, la multiplexación que ayunta y apogea los años, con nuevos oráculos por feriantes, con nuevas guerras administrativas.

Los Holos que agruman la realidad con sus finas puntas de gubia, un nudo bien armado que gime, exaltado y reinventa el despliegue y deforma lo verdadero para que lo verdadero no se extinga.

Una teoría del universo redonda, lechosa, comunal y bífida. Trastocada pulpa que inyecta su figura en el cenit, y baja y sigue y clava y resbala en el agónico centro del cuerpo, gredosa y oropendicular, sintagmática. Llena de paragramas, campos y más campos.

Vuelven los holos, y vuelve el círculo de la itinerancia.

Holo, Holo, Holo. Por fin toda ciencia fue arte, y todo arte política.

Rompecabezas

Percibo dos orgullos, uno el del miedo y el otro el del escepticismo.

El del miedo es exactamente igual a la venganza, un repollo de contragolpes, un ojo preciso que hiere, una mantarraya o el filo del viento con aguanieve. Una cara que se endurece a voluntad propia esquivando la verguenza que brota.

El del escepticismo es correspondido con una sonrisa socarrona y secreta, el desinterés comunal de las bocinas, la ironía en ampliación de pancartas, la dolorosa combinación de números en un cálculo exacto, la sistemática hipocresía del silencio que se censura con supersticiones sin falange ni piernas ni tripode, el quejido de pastelería y el chiste kármico con moco de invierno.

Las radios y sus radiodifusores, desapasionados, irreales, puntillosos, incólumes, llenos de buen humor bien agitados a contrapelo, engominados con lamido de vaca, gelatina  típica en su cabello, perfumados a galería francesa, calzoncillos con estampa.  Vociferando entusiasmados, desatino e incoherencias, sin gracia, siempre sin gracia. Sin respeto, siempre sin respeto. Inconscientes bestias culpógenas.

Metejona mañana de circos y manoseos. Desde las fuerzas ministeriales a las municipales, desde la borraja hasta el desayuno múltiple hotelero, desde las manos crispadas hasta los ojos con lagaña, desde la leche chocolatada hasta el café doble cargado de taza recién  enjabonada. Buen gusto para toda malandra. Y un inmenso y aburrido chirrido de puertas, desencajes de carpetas y de rompecabezas con propósito colegial, islas en las islas, tonfas en las caderas de los guardias, gorros en las cabezas de las azafatas, celulares en las carteras millonarias. Vicios bien vistos. Vicios encarnados y latentes.

El colectivo, las plazas y el Mercofrut. Ellos se mimetizan. Unos son otros, otros desaparecen. Nada es permanente.

No es diferencia de clases, son los orgullos, todos los sobrantes son el milagro.

En el vidrio retrovisor de mi alma vi las pasajeras en trance, la Chile ensangrentada que desoye las maldiciones y crece como colonia de abejas crédula de su corazón, la Bolivia renaciente huyendo de las  venenosas manos de un imperio caprichoso y malcriado, las balas cruzando el aire, un presidente argentino prometido temblando, las cholas con wuawua en la espalda, ví motoqueros arrebatadores, vi camionetas doble cabina acelerando en un segundo, perros ladrando, gatos acechando, transiciones ordenadas, visitas en los hospitales, miradas por sobre el hombre, el dolor de las noticias filtradas, la fatiga en carne viva, la insoportable levedad política en los umbrales de la ciudad.

No era nada raro. Era la herida que tiene tantos propietarios con testaferro.

El día comienza. Es un rompecabezas sin fin.

 

Rinoceronte Puneño

He visto la ristra de uñas de vaca desbocada en un torbellino, me

hablaba, me fracturaba ese frío en un ceñudo andar, algún mensaje secreto tenía para mí. Yo no había caminado nunca en un desierto tan blanco y tan engorroso. Sospechaba que las nebulosas eran solamente un fenómeno celeste, donde se despeñaban los colores vivos, y que la tierra era sencillamente su reflejo.

En esta cal viva de arenales y dunas me descompuse al imaginarme engullido en la nada, como si mi deambular fuera una espumosa maraña de sal que se desmorona para desaparecer. No era nadie, me dije por primera vez. Nada más que polvo. Este embudo ocre y esta armadura de viento tan desdeñosa y sus chaschas vidriadas al sol pueden despertarme de la furiosa pista baja de nubes pedestres. Todo es línea dura, flores espinosas de punta a punta, envilecidas por el patín de polvo que ruge en las orejas, y los nudillos de brasa y la nariz sedosa y furibunda de azulino congelamiento bajo un Sol blanco que abre los cueros y enardece los charquis mientras se difumina imperceptiblemente, todo el tiempo.

Jujuy es hijo de rinocerontes puneños que siembran ojos con finales, incayuyo amarillo escondido en las cerrazones, piel de saurio, calor híbrido y mortífero que asa cada cuadrante y cada férula.

Puntal gris que aparea la sangre con el rugido, que abre canto por canto un filete de piedras donde las lagartijas beben magnesio, y los cardos semejan faisanes disecados que inyectan verde músculo devenido en agujas incaicas.

 

 

Decrépito el horizonte fondea como toro negro, como un extinto trote de comerciantes que deja su inercia fantasmal en un bamboleo resonante.

Serena y larga su estancia el rinoceronte hurta la bóveda de arcilla, se muele sin que nadie lo agencie, ni que la Osa Mayor lo apuntale en alguna cartografía de despedida.

El gris es poderoso, mitín de bucles de arbusto enano, bolsa de opacidades, chuscha y fiereza, cajas de piedra, desfile de guanacos como costumbre de relojes de paciencia, que en vez marcar el pulso marcan la anchura y la maza que expanden.

Muy de a ratos se ve algún comarcano que pasa a kilómetros. Las uñas de vaca buscan mis ojos indigentes, mis hombros quedan desalineados en fuga, uno debe rehacerse en cada morro, las arenas y los suelos yuxtapuestos descomponen los objetivos sin brújula.

La vida es a largo plazo, sin regla ni vaso ni escalera ni espaldarazo.

 

Todo lo poligonal se desmaterializa y se desacelera, hasta que un volumen rumorea en sus lenguajes de interferencia, con disímiles y guturales desmayos, con oraciones de semillas, con añoranzas de aguayos ancianos, desde aciagas torres de humo que amplifican el peldaño de lo venéreo como si la sangre hubiera encontrado a sus parientes lejanos con sus primicias climáticas.

Y en medio de los perales arrinconados o las tunas envejecidas de algún borde, como una suerte fructuosa de la zona, otra vez se nos aparece nuestro protagonista de fantasía, tajos en tajos, con su paso recortado, barroso y deslizado que sigue su curso: el rinoceronte puneño, jota de cuerno de marfil, pesado e insobornable, errante y demiúrgico, templado cual semilla enardecida de frío esperando el verano.

 

 

 

 


Croquis de pieles

 

Croquis de pieles, desgajamiento de la herencia, pueblo cero, migaja de tesoros en el pellizco, fuente madre antisísmica, descalabro de la intimidad, sepultura de las personalidades, anonimación, góndola en el aire de nubes grises, fina línea de terracota, el amor es un estallido de la textura, un orden eléctrico, un lenguaje de bordaduras en el epitelio, escudriñado rebote de lajas en la sangre, rosácea parábola de la frente del mundo. Parquedad de tazas, melancolía de la célula, embestida del susurro, marea y recomposición. Lúdico hijo de la tersura, seda de la plebe, partera de los ponchos, jengibre androide de la tierra, hoja lija, barbera de babosas naranjas, pluma y hombro de cardenal, faja de sol bebé, rayo articulado, croquis de la armadura de los perros, esponja de delicadezas en el nudo, boa que repta en la planicie de la luna canoa, serpentina de nieblas en las cejas.

Arrinconada gota, mazmorra y dulzona complacencia con la circunstancia que tiñe los picos de plata de dorados blancos, bruma de bronce, piel de bosque de tabúes, barrera de yuyos indecentes, granja de abuelos de nata, leche brumosa de los ojos negros con bola negra de hueco herido. Amaestramiento del tiento, cascotes en el intersticio, pieles en la furia del pasado que tritura las piedras en piedrillas, las piedrillas del polvo, polvo de sésamo en las vidrieras del agua de río chico, incrustado río, esternón de vapor, leyenda de un matemático enamoradizo de ranas.

 

Mi arte es el tumulto. Todos los tumultos un agujero, el cadáver de la inocencia silbando un tango indígena, sedimento marino de odiseas que rumorean sus verdades en la piel roja.

Tu tumulto, mi tumulto, nuestro tumulto, el tumulto, el redondeo, la bordona y sus rezos, la cabeza de cielo y el cuerno en la frente, un rinoceronte abismal en medio del camino. Visor, espejo, pinza, vello, peldaño.

 

El gajo de las ascensiones, el regazo de los cansancios, el colibrí de las concordias, el cariño en los tientos, la talabartería mental y su lente que descoca centelleos de la torpeza. Croquis en la piel, huella digital de la ternura. Carretera en el sueño, picapedrera de nudillos de pantera, peso en las perla de agua dilatante que llueve en la molienda de las manos.

Míralos a los ajetreados, son el pompón de amor desventajado. A los hermanos tostados de impiedad les harás falta, no los subestimes. Nadie podrá escarmentar las hermosuras de la existencia, esculpidas de concentración.

Tuerca, rodillo, plato, cuchara. Corazón toscano, talón de madera, barro en mis lenguas, tapiz desde el amanecer, espalda de cerro, amarilla suela, zarzuela del silencio, mortero en la espuma, mortero de arribeños, gracia en las picadas y gracia en los sobresaltos, punto incómodo que acrobacia el viaje del tacto. Circunspección, parodia y juicio, matadero de necios, mecanografía de los ojos, pulso y entrega.

Mi oficio es esperar la rompiente, y construirla de nuevo en mí. Nací para asesinar tabúes, moriré por mi propia lanza.

 

 

 

Trámites

 

 

Érase una vez un barco de papel perdido,

érase una vez un hombre de cartón herido.

Erase una vez una playa sin mar, sin niño.

Erase una vez que me miré al espejo hundido.

                                           Vicente Amigo

 

 

Cepillados los cordones cuneta y el ala bordada en cada esquina, con aquél ángel oficial, típica cara de secretario trasnochado. La fusión de los revoltijos de piel quemada y cayos con óxido fresco. Repuestos de emergencia en la punta del edificio de esta cuadra verde mantecosa.

Aspirando azahares para volver a empezar. Oreada la mañana con billetes de quinientos. No hay cambio. ¡Burra!  sigo la pedigüeña seguidilla de infiernos, la roldana del alma en desgaste, los pillos robándonos el tiempo magistral del silencio.

En el cuello de la siesta se perfilan la charla vacía y las miradas a rosca, una tras otra, entre vejestudes y juventicidios, jornada repleta de imposturas y grotescas humoradas, palmadas en la espalda con códigos a descodificar, tobillos doblados para elongar, vísceras alicaídas de gorras de pescador, perros a salvaguardia olfateando la grieta del mediodía desvencijado.

Truena su espalda en un despegue gimnástico como el de una gárgola urbana. Las planillas llenas, los lagrimales irritados de la zozobra camionera, sonrisa y prepotencia. La severidad de los cajones no corredizos, la lengua de vaca por una nueva oferta en las carnicerías. Todos cocinarán lengua a la vinagreta.

La matrona de la discordia es una parrilla sobre la esperanza asada. La vileza,  entrenadora de cartas de bienvenida. Una ristra carpetones en cadena, multiformes, hombres y mujeres de seda, de cartón, de silicio, de cobre, de lata y de PVC.

Desarmaderos de la paciencia, intersticios de otra edad, barruntada con desventura, sismo de la tolerancia y fuelles y motores y un rostro entre los enchufes que revela una insólita belleza. Las filas de changos en la peluquería para finiquitar rapadas inconstantes, las ventanas translúcidas en su sopor, el nuevo compuesto de nuestra personalidad, la agitada sátira de los pasados posibles, el itinerario de las figuras ridículas entroncándose con una nueva pauta.

Es este estreno en el vértigo, esta semolada bien cocida, caliente, aromatizada en el paladar contemporáneo, una cinchada en el inconsciente, la odisea de una canción sudamericana con picaflores de partida. Seguir para adelante, un himno callejero, una trayectoria en dos ruedas, bajo la compungida y aterciopelada capa de ozono, seguir con picardía bailando en la cola de la factura de luz vencida.

Lamento de un gitano argentino, correntada de un cosmopolita y paria, jinete de motocicletas rotosas de última curda, porciones de tragedia en cada esquina, reyerta y batallón estético.

 

 

 

 


Luz de pera

Ayer trajiste luz de pera, fibra de pasteles detrás del zonda. Luz de pera florida y enramada de lapachos de agosto, luz de pera que reperfila las frutillas, condómina que protege las nuevas papayas tras el aluvión de cenizas pasado del incendio,  donde nuestros nuevos tucanes esquilmados en el Amazonas se aposentan, y los asustados yaguarundis, y los monos aulladores en silencio sepulcral de hollines de a 100 km.

Luz de pera de los paisajes de una tardía mañana, irrisoria mañana. Que juveneces a los pocos caciques que deben reinventar  bosques, de eso no me cabe duda. Y en pronta recaudación juntas todos los aromas para suplicar agua del cielo. Afloras una y otra vez en tu cúbico cielo de algarrobas, y pertrechas nuevos refugios para escapar del asidero del fuego que resbaló sobre los preñados verdes, avejentados pero maduros.

Luz de pera, leñosa y en enjambre de panales despavoridos, un cielo a boca de jarro como el hambre hirsuto que no jadea pero abre, que no pincha pero abre, que no llora pero destella, y en su soplo ajunca sus hijos, sus hijitos Dios mío, Dios mío, ayúdanos Dios mío, y alborea en su amarilla tez de pábulo una agónica esperanza, una fusilada pero resucitada esperanza, una burbosa esperanza, una veleta de esperanza, las uñas en defensa, los dientes apretados, la frente hecha de púlpitos calientes, las palometas, los yacarés, las tortugas y los zorros con liviandad y estrépito, con júbilo de atmósfera y cerrazones de ojo despabilado, y oídos de arpa consonante, y zozobras libertarias de las palmas ribereñas. Y los niños Dios mío, los niños.

Luz de pera en cortinas de agua de lluvia. Don de abrir los botones de la crisálida, don de abrir las alas de pluma tiesa y con migraña. Luz de perales, de cholos, de añosos corrales, de mulas alertas en las colinas, de nuevas mareas en el horizonte. El Gran Chaco, el estuario congestionado se parte y se hibridizan en su baba y espuma colosal los vivos, y aún en su nueva primavera los bochornos no capean los retoños. Y las crías se abalanzan, y los injertos se sacuden, y las amapolas no perdonan su perfume.

Luz de pera que antecede a la lluvia, sacra comadre que deshilacha el agobio y moja la sequía, y descofia los anaqueles ingrávidos de los valles y las montañas polvorientas.

Haz de aguanieve que destoldaste los fondos. Hoy te desmechas en lluvia que tanta sed llamaba, porosa y dulce, lluvia de un peral blanco mojarra, sacarosa de luto del fuego y perdigón negro de agua nueva, bolsa de descansos y última orejona del tarro que sube desde Córdoba hasta la yunga. No nos inundes, que será de los Tarra,  de Don Parrales, de los de Tacana y Alberdi. Dios mío los niños, los niños y su luz de pera, entre los morros de la ciudad.

Doble paralela de serranas madrigueras y luz impulsora que transmigra las capas de tierra. Las raíces te llamaron en aullidos de luna babosa, y tu ascensión de pericotes y palometas hizo su frágil volanteada de vientos austeros.

Luz de pera en tu chascha frondosa, desde los huesos a los ojos de vaca. Luz de pera puntiaguda y esmerilada, blanco pataleo en fosos nuevos sucumbe ante la horrida cosecha de limones que se viene, que se viene papá, que se viene.

Luz de pera, angurrienta y esperanzadora de manos arrugadas y cinéticas, gorriones de lagunas en el cenáculo de paño cerrado, sedienta campiña y pozo que te canta, Nervión alto y de pico andino, te claman los patos, las urracas y los búhos.

Lluvia al fin, lluvia prístina y carcomida, a bocados, deportada por aluviones sureños, semilla de agua a presión zanjada, ristra de nubes que enfilan las praderas, manada de negra simiente. Luz de pera que abres la oscura borrasca, alimento modesto del calendario y la suerte despeinada, sudorosa y renga, llena de muecas de risa absurda y ojos bailadores con cejas honradas.

 


¿Una poética?

Que es entonces un poema? Acaso la interferencia en que nos visualizamos en nuestros puntos débiles, acaso el irónico devenir de nuestro delirio que triunfa sobre las opresiones meta sísmicas, o las represiones económico financieras. Un poema como una luz de ondas magnéticas que se inmiscuye en los metros de Chile dejando atrás a los inspectores, que rodea los puentes de Perú asediados de policías encarnizados, que huye de las gendarmerías en Argentina en medio de los bosques, que respira a jadeos entrecortados en las guardias blancas de Bolivia, que se esconde tras las acequias en las selvas misioneras amazónicas por interventores psicóticos del agro negocio.

Un poema como una declaración de emergencia. Un poema desinteresado que vale lo que vale la vida, sin precio ni cotización ni reduplicado, ni viral ni épico, un poema con los ojos bien abiertos y con las manos aferradas a la esperanza.

 

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