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miércoles, 6 de agosto de 2025

Lo Torcidito

 























Eva Parra. Nacida en Salta el 31 de diciembre de 1976. Actriz, dramaturga, mujer, transgenero. Orgullosamente Trava. Concibe la escritura y la realización teatral con el fin de llenar de travas los escenarios.


1-

No sabés lo que me costó llegar a tomar las decisiones correctas para estar presente, en este momento.

Todo me costó.

La vida.

Vestirme, elegir el perfume apropiado, el alto de los tacos.

Me costó abrir la puerta, ver la luz del día, caminar por la vereda de mi cuadra.

Sostener la mirada con mis vecinos. El tono de voz con el taxista.

Mantenerme sobria ¡Cómo cuesta!

Te juro que venía re nerviosa en el taxi. Me miraba tanto en el retrovisor del auto que el chofer se pensó que me gustaba. Que lo miraba a él.

No, mentira, mamá. No pasó nada en el taxi ni en la entrada del velorio. Un mundo de fantasías. Es más, me cagué de frío media hora afuera, esperando que la mayoría de la gente abandone la sala y se vaya a tomar un café o un whisky al buffet. Llegué como un ladrón hasta tu cajón. O como una ladrona.

Por vos, no por mí. Triste.

¿Te acordás de ese día que íbamos caminando juntos por la plaza y un chongo me reconoció y gritó travesti regalado?

Qué vergüenza.

Preguntame lo que quieras, lo que dice ese tipo es verdad. Lo de trava, no lo de regalado.

¿Por qué te quedaste callada? ¿por qué siempre tengo que sacar yo los temas de conversación?

No soporto más nuestro silencio.

A veces siento vergüenza de mi cuerpo, me creo una pendeja de veinte y me termino poniendo estas cosas.

Este vestido lo hice hacer ¿No te acordás? Es igual a ese que vos tenías cuando yo era niño. No lo iba a hacer floreado, lo estaba preparando para tu velorio.

Se lo dibujé a la modista después de lo de la plaza y el grito inoportuno del coso aquel.

Está guardado desde que me lo entregó. Hoy recién lo estrené. Raro ¿En qué habré estado pensando?

Mucho negro.

Muy corto lo hice. Me lo tengo que andar bajando a cada rato para que no se me vea la bombacha.

Ridícula.

Vengo a un velorio y parezco una puta.

Mientras me maquillaba para venir, me imaginaba que rostro estaría dibujando.

Y cual desdibujando.

Decime una cosa mamá ¿me vas a querer así?

Aunque sea decime: “puto de mierda, sacáte ya esa peluca”.

No me la saco un carajo. Ni tampoco me banco más tu silencio.

Abrí los ojos y mirame, mierda.

¿Vino drogado el maricón? 

Mirá como se juntaron para hablar bajito de nosotras.

 

2- Tus triunfos, pobres triunfos pasajeros…

Mina sofisticada hasta en los porros.

No fumo paraguayo me decía, y les brillaban esos ojos verdes.

Siempre fantástica. Tan bonita, tan parecida a una mujer.

Media histérica, besos riquísimos y sabía cuando retirarse del juego.

Yo me miraba en su espejo, pero aún no me había enterado.

Ella soñaba el miedo de enamorarse y yo no valía ni aca.

A mí me fascinaba su juego. Pero no me tenía permitido enamorarme de una travesti.

Había inventado una salvación: las mujeres son para el amor, la carne, travesti al punto.

Qué época de tugurios. Ese boliche oscuro de paredes negras.

La única luz firme provenía del baño que chorreaba el vapor del sudor de las pelucas.

Por las noches todos los gatos son pardos, decían, con cierto orgullo.

Las luces goteaban en penumbras de colores sobre la pista y allí ellas bailaban rodeadas de caños y estantes de espejos.

Uno paseaba por los pasillos de alrededor y desde la oscuridad, sabio, observaba.

El espectáculo iba a ocurrir. Una sensación predatoria consentida.

Duraba, lo que duraba. En la semana recibías una llamada. O mejor llamaba yo. Época de teléfonos fijos.

Cita en alguna plaza alejada. La buscaba de su casa.

Dame dos horas, te decían.

Me gustaba imaginarme la preparación.

Dos horas es lo que tarda el hada madrina en convertirla en esa hermosa princesa que se subía a mi auto.

Atrás, el rancho de bloque con ventanas abiertas. La madre con mirada seria clavada en ningún lugar. Sin mirar, sin despedir, solo presente. Los hermanitos saludaban a la princesa que se iba.

Me cambiaba la radio, me ponía cumbia.

Yo jugaba, siempre a lo mismo.

Absorbía esa belleza que portaba en su paso, en sus risas finas, en sus gestos suaves.

Se divertían y yo era feliz de proporcionarles el ambiente exacto para sus fantasías.

Lo que no entendía es que ellas se enamoraban de tipos como yo.

Inventaba otra salvación. Cada uno tiene que aprender a qué está jugando.

Nunca perdí, siempre gané en este juego. Era muy bueno, y ellas se deshacían en manteca sabiendo.

Tanta vida puesta ahí, tantos años de lo mismo.

La de los ojos verdes fue digna oponente. Casi me gana, jugó bien.

Sonaba el teléfono de la casa a la una de la mañana.

Te llaman, decía mi viejo enojado.   

Me quedaba tres horas escuchando su voz finita.

¿Qué habrá pensado mi viejo?

Al final ella se enojó y perdió. Pensó que iba a seguirla para pedir perdón. Y yo, impune a cualquier sentimiento duradero.

Un forro usado en el piso de un telo.

Se quedó con una campera mía.

No sé cómo andará, bien o si son ciertos los rumores de que un tiempo después, se suicidó.

3-

Hola ¿Cómo está?

Claro que soy él.

Mire, usted puede llamarme como le resulte cómodo, pero mi nombre es Eva.

Eva, mamá, me llamo Eva ¿Te gusta? Lo podríamos haber elegido juntas.

La bíblica, no la política.

Tía, travesti es el término correcto.

No, no se preocupe no tengo SIDA, me cuido mucho.

¡Loco no! Loca en todo caso.

Mamá, escuchá lo que dice tu yerno preferido. Se escandaliza.

Bien que te vi dando vueltas por la zona varias veces.

Mierda. Quiero un abrazo en este momento ¿Nadie en la sala puede abrazarme?

Como me duele la cabeza. El cansancio o las pastillas ¿Habrá quedado vino en esta casa?

 


4-Venia rápido, muy rápido y se le soltó un patín...

¿Estaba discutiendo sola? Qué pedo que traía. Qué osadía que portaba. Agarrada de un caño de las señales de calles para sostenerse.

Si me pongo firme con el recuerdo capaz que me sale hasta de qué discutía.

No, no puedo. Mi memoria se está perdiendo. Un miedo a despertarse y no saber quién es el viejo que se refleja en ese espejo.

¿Soy lo que fui?

La luz del primer ómnibus de la madrugada.

Ese tipo de noches donde uno salía del boliche temprano y tenía que dedicarse a patear las calles vacías. Sin saber qué estaba buscando. Ojalá un amor. Que dure poco.

Si los caminantes solitarios dejáramos un hilo detrás de nosotros, sorprenderían los laberintos inútiles que dibujamos para encontrar otro ser similar.

Nos encontramos. Tres palabras y el taxi salió para el bajo.

Vivía atrás de una panadería. Entrábamos al patio sin prender las luces y ella caminaba desmontándose de los tacos.

En la habitación, el novio, el primo, compañero de repartos de pan de día, compañera de calles y boliches, dormía.

Qué extraño triángulo de deseos cruzados se armó cuando se despertó. Patié una caja en la oscuridad.

Todo se cruza, se mezcla, se deshace como hielo en el agua. Se enmarañaron las tangas y calzones. Lo supe en aquel momento.

Quería ser como ellas, mejor que ellas, ardiente.

El taco aguja partiendo los adoquines a cada paso. Qué placer proponérselo, qué emoción que aceptaran.

¡Arrancó el cronómetro! Tres días tenían que pasar, tres días con sus tres noches de apetencia febril. Y a la tercera de ellas se mojaba por la lluvia. Las calles totalmente inundadas y el auto abriendo olas. Avanzando más por mi deseo que por mecánica propia.

Por fin. Creí que me ahogaba en un canal.

Patio de chapa, calorcito de verano a pesar del agua. Las chicas ya estaban reunidas.

Y de las perchas del armario del cuarto, temblaban todas las prendas femeninas del mundo.

¡Qué rojo el vestido de lycra! Sobre el cuerpo me quedaba divino. Nacieron mis curvas, crecieron mis pechos de algodón y el cabello me creció enrulado sobre mis hombros desnudos.

El reflejo del espejo me lo confirma. No quiero volver a verme de otra manera.

¡Cómo tendría que ser mi voz? No quiero exagerar y pasar por una maricona cualquiera. Tomar decisiones me excitaba ¿De qué color se verían mejor mis labios?

Hace rato que había parado la lluvia y la sidra tibia corría lenta en las copas de plástico.

¿Qué estábamos esperando para ir al boliche? Tanto no va a durar la noche. Yo no me quiero quedar sin noche hoy.

El auto lleno de travestis cruzaba por medio de la avenida que lleva a mi barrio. El agua de la calle salpicaba, la bebida salpicaba y todas reíamos.

Si lo dejo sobre la avenida me pueden reconocer el auto. Como este cascajo no hay muchos en la ciudad.

Pero, si lo dejaba en el pasaje de la vuelta, iba a tener que caminar una cuadra y media delante de los hombres de esta zona tan peligrosa.

¡Chicas! Lo vamos a dejar en el pasaje, porque no pueden ver el coche estacionado frente al boliche de putos. Esto último lo pensé, no lo dije.

Tic, tac, tic, tac, los tacos rebotando en la vereda. Me miraba en los vidrios oscuros de los locales cerrados para tratar de rescatar mi imagen, tan enamorada estaba yo de mí.

¿Qué van a decir las chicas del boliche con las que salí de hombre y me vean así montada?

¡Qué desilusión! ¿Qué desilusión? Si estaba buenísima. El culo duro, la panza tiesa, mi cuerpo delgado, mis manos pequeñas. Y mi nerviosismo, un cebo para lobos. La ovejita herida del lugar.

La nuevita para ellos. El culiáo aquel, para algunas.

Había espejos hermosos para mirarse sorber cerveza de un vaso descartable. Toda tímida, toda fatal.

A tomar, a cerrar los ojos y bailar con fuerza. Cumbia o lo que venga y a moverse sensual desde adentro. Estoy bailando.

Mirame, soy hermosa, mamá, como mis hermanas.

¿Cuántos años tenía cuando dije eso? ¿Cuatro o cinco?

La cara de mi madre se despedazó, como el espejo sobre el que yo caía de la borrachera que portaba ese día de lluvia.

Qué vergüenza.

Capaz que la pérdida de memoria es necesaria.

Capaz que no necesite saber quién soy.

Solo presente, siempre un instante.

El sudor y la sangre empezaron a correr por el pelo plástico de la peluca.

 

5-

Llovió tanto, no sé que pensaba cuando elegí estos tacos. Encima me persiguió una rana. Te juro. Un cagazo me pegué. Se me corrió el maquillaje. Casi perdí la peluca enganchada en una rama. Un desastre.

En serio, me perseguía a los saltos.

¿Te reíste?

A ver, ahora sos una tumbita, un pedacito de cemento. No sé, preferí que nuestro encuentro sea de noche. Mirá de linda las estrellas.

Mentira, no fui al funeral.

Me vestí y me quedé dando vueltas, encerrada en mi casa. Y yo me lo había prometido. Iba a estar ahí. Al final terminé borracha y sola llorando toda la tarde.

No me va la luz del día. Eva es como Drácula, sólo vive de noche.

Sí mamá, Eva me llamo ahora. La bíblica. Me hubiera gustado que lo elijamos juntas.

Te extraño tanto. Me siento vacía ¿Me entendés? Vos me conocés más que yo.

En silencio me crié, para no fallarte cerré la boca y gestos inadecuados.

Como si fuéramos cómplices de algo ¿Omitir es mentir?

En algún momento tendría que empezar a caminar sola.

Mirá hasta dónde llegó el silencio. Tengo miedo a que pase con vos lo mismo que con todos los recuerdos míos. Que se pierdan.

Fantaseando hablar con el cadáver de su madre en un cementerio.

Ya es tarde para salir del cuarto. Ya es tarde para salir del closet. A nadie le  importa si soy o no soy. A mí no me importa. Ya se me fue media vida y a vos una vida entera. Hubiéramos sido amigas, para que no estés tan sola.

6-Dream your impossible dream. Silent night! Silent!

Dame el rosa, le dije a la señora del kiosco. Hay detalles que a una la completan. Y ahí andaba la muy puta con su encendedor maricón.

Los detalles que faltaban era animarse de una vez a agarrar la calle. Ahí se producía el descontrol, podía pasar cualquier cosa.

Las chicas me hablaron de lo sucio que son los policías. Hay que andar con cuidado. Te manguean hasta para que le compres un lomito. Chupar la libertad. Mamala.

Me escapé en Nochebuena.

Me pelié con todos a propósito.

Me fui a un hotel con mis valijas de ropa. Todas dentro de sus bolsas originales. Todas con moño.

¿Es para regalo? Preguntan siempre las vendedoras con una sonrisa que no logro descifrar.

Perfuman la caja, doblan prolijito.

Ella lo puede cambiar siempre que traiga la etiqueta. Los cambios son los días…

Una valija llena de bolsas con moños en navidad.

Si te portás bien llegan los regalos, si no te deja una bolsita con carbón, me dice mi abuela.

Y yo llena de regalos, para mí.

Estallan los cohetes. Yo encerrada en el hotel de mala muerte.

Soy libre, tengo tiempo y estoy sola.

Qué grande es el espejo del cuarto.

Me afeito con lentitud para no cortarme más de lo debido. Me pongo perfume sobre el huesito de la nuca. Me maquillo cuidando cada centímetro de detalle. Hermosa.

Me pruebo todas las tangas. Me truqueo con cuidado porque el vestido es muy corto y se me sube todo el tiempo. No quiero sorpresas incómodas.

Treinta minutos para ponerme la peluca. Está completa mi imagen ¿Ahora cómo salgo del hotel? No voy a desarmar esta obra de arte.

El conserje charla con alguien en la entrada.

Hasta luego. Feliz navidad.

Salí a la calle, los estruendos en el cielo marcaron las doce.

Brindan las familias deseándose felicidad.

Los pendejos se apuran a meter las cañitas dentro de las botellas de alcohol vacías.

La Navidad me atrapó en la calle. Arranco el auto y empiezo a rodar.

El requecho de la ciudad solitaria. Los caños de cloaca vierten su líquido en los canales.

¿En qué droga se habrá perdido esa chica? Sentada en la vereda se agarra la cabeza, al lado un carro de choripán abierto, el único.

Una travesti muy vieja al lado de un puente. Tiene una copa vacía en la mano y la ropa le cuelga como a una percha.

Un tipo que pesca en el lago del parque para comer. En su lata suenan dos pescaditos.

En el cielo explotan las luces de las bengalas.

En el suelo un desfile de locos desamparados.

La radio 10…, 9…, 8..., 7…

Con cada estallido se renovaba el conteo.

La carroza de la cenicienta demoraba su paso y el vestido se convertía en harapos.

Necesito coraje para bajarme a caminar por la zona.

Bajá las luces boludo, boluda, me decía un viejita con las manos.

Aquí se navega a oscuras, solo guiado por el chispazo de los encendedores de los dealers.

Cada chispazo, alguien hace su negocio.

Bienvenido al Bajo, señorita.

Dame algo para pasar tragos secos y amargos. La peor droga que tengas.

La única que se consigue aquí, señorita.

Probá a que sabe la felicidad cuando se ensucia.

Prendé la pipita.

Hierve la virulana en el plato, un segundo después se selecciona cualquier recuerdo o miedo que se quiera borrar.

Ya estoy para la zona.

El auto rumbea a toda velocidad para el parque.

No hay nadie en las calles. Los señores deben de estar haciendo buena letra para sus familias. Cuando le pegue el clericó a la esposa podrán salir a dar vueltas.

¿Que tan peligroso puede ser quedarse sola en este lugar?

Doce y cincuenta. El boliche no va a empezar hasta las dos.

Solo una moto da vueltas, voy a hacer plata que no necesito.

¿Qué hago entregando el cuerpo a desconocidos?

El deseo a un hombre sin cara. Si va a ser sucio, que sea.

Un cana pasa por la vereda del frente, ni mira, se va, detrás de él, pasa la moto despacito ¿Debajo del casco cómo será?

Los ojos penetrantes me tocan el cuerpo y me clava en la cama con fuerza.

Mi pensamiento rebota mareado en las paredes de mi cabeza.

Mi pared rebota contra la cabeza mareada…

Una cueva profunda forrada de carne que empuja carne.

Miro la escena adherida al techo del telo.

El hombre sobre mí está eufórico, se enoja contra un cuerpo que no responde. Lo zamarrea primero, lo golpea después. Lo abusa, lo rompe. El cuerpo tieso no responde.

La cabeza mareada rebota contra la pared.

Mi pensamiento mareado rebota en el piso de mi cabeza.

¡Pará hijo de puta! ¿Qué me estás haciendo?

El cuerpo responde.

Dos hombres se pelean sobre la cama de un telo.

¿Cómo se llama, señorita? Pregunta la paramédico.

La camilla rebota sobre el piso de la ambulancia.

Mis pensamientos mareados se mezclan con los ruidos de la sirena y los cohetes.

Blackout.

Mi cabeza, mi cabeza ¿Qué pasó?

El cuarto de hospital lleno de camas con gente quemada, de ojos reventados por corchazos.

Mi peluca ¡Dónde está mi peluca!

¿Te hace daño recordar? Tenés la cabeza cansada de tanto rebotar.


7-

¿Cómo se llama esa planta?

Orquídea de un día.

Me acuerdo de que vos las ponías en macetas elevadas, de ahí tiraba sus gajos, con hijos a la tierra. Salvo este detalle era una planta comunacha. Pero su flor no. Es hermosa y dura tan poco. Como yo.

Acostumbrate.

Mirá, a esa planta le salió un tallo todo torcido.

Agarrá una tijera, y que sea filosa.

¿Quién te va a querer así? La gente es muy mala con los comentarios.

Lo torcidito se endereza, y si no se puede, se corta.

Listo.

Ahora sí, el jardín más bonito de todo el cementerio.

 

8- Y si el negro no se duerme, viene el diablo blanco y le come la patita…

Afuera está el diablo. Lo presiento. Viene por las noches a tomar agua en el bebedero del jardín. Luego lo siento trotando en la oscuridad.

Afuera está la soga de la ropa. Cuelgan ahorcadas las prendas blancas que gotean en la noche, el agua y el perfume de la ropa recién lavada.

Afuera está el diablo. Basta que uno crea que alguien te está siguiendo para que sea el diablo.

La soga vacía de ropa se llena de nuevo. Desde mi cuarto, por la ventana, a través de las enredaderas que se adhieren a la tela mosquera, se ve una bombacha.

Tengo que ir afuera. Ni me importa que ya sea de noche, además está muy clara.

Alguien me sigue. Salí, no me lamas asqueroso. ¡Fuera de acá, perro! Pobre, lo asusté.

La hierba está mojada por el rocío. Me siento a mirar la soga.

La gotita refleja la luz de la luna. La gotita baja por el moño de la bombacha. Se sostiene, se detiene, se suelta y cae la baba sobre el pasto mojado.

La soga se queda moviendo por el tirón. El broche sale volando, mordiendo el aire.

Los pies desnudos entran en el pasto.

Los pies corren.

Al fondo. Más al fondo donde empiezan los ciruelos.

Alguien me sigue.

Fuera, perro, te dije. A la casa, carajo. No me sigas más.

La bombacha mojada se adhiere a mi cuerpo y se estira sobre mi erección. El moño es tan duro como el bordado, pero la tela es tan suave y huele tan bien...

Uh ¿Qué pasó? Manché todo.

Mirá, si mamá sale a buscarme y ve que falta una bombacha en la soga...

Fue el perro, en serio. Yo no fui ¿Para qué voy a querer yo…?

Fue el perro, mamá. Vos a mí nunca me creés. Vos no me querés.

Ahí está de nuevo. Está tomando agua del bebedero. Es el diablo, seguro que me está buscando.

Otra noche de insomnio.

No puedo dormir, mamá ¿Me puedo meter en la cama con ustedes?

Ah, el lugar más seguro del mundo. Dormir entre mis padres... Aquí ya no llega el diablo.

¿Diablo m`ijita? Ese diablo se llama deseo.

 

9- Ayer colectivero, hoy amo entre los amos del aire…

Pienso un nombre y lo saboreo como helado en la boca.

Esta tarde sin que yo les pidiera nada, por fin mis hermanas me invitaron a jugar con ellas.

Esta tarde en la casita del fondo.

En la pared de mi cuarto, un espejo, una ventana.

Vení asómate, Eva.

El helado en la boca.

Encontrá tu verdadera imagen.

Me tiemblan las manos, ¿o es el espejo?

A adentro pasan cosas maravillosas. Atrás del vidrio hay una puerta que refleja recuerdos.

¿Ves el caminito? Saltando sobre algodón de azúcar llegarás a un precioso lugar. La llave de la puerta rosa la hallarás debajo de la alfombra hecha con papeles de caramelos.

Andá ¿Qué estás esperando?

Bienvenida ¿te perdiste que demoraste tanto? ¿Viste que es muy lindo pisar algodón?

¿Bienvenida? ¿Algodón? Y yo con los botines llenos de barro.

Un vestido, el sol está muy fuerte y atraviesa la tela irisándola.

El vestido floreado de mamá.

Ponételo, y sacate esos botines sucios.

Vení con nosotras a tomar el té. La tacita se agarra de aquí. Los dedos así. Ahora, solo sorbos pequeños.

La mirada se asoma por arriba de la taza y el vapor del té hace brillar los ojos.

¡Qué sueño esplendoroso!

¡La tacita, nena! La tiraste. Me dejaste el juego incompleto ¡Sos tan bruto!

No querés estar aquí, te invitamos y vos tirás la taza.

¿Sabés qué?  Que no venga más. Lo invitamos a jugar con nosotras, rompe las cosas y llora como una nena. Andá a jugar al futbol.

¡Fue sin querer! Yo no me quiero ir, por favor, no me saquen de sus juegos.

Sacate el vestido de mamá, ni se te ocurra salir así vestido al entierro de mamá, loco de mierda.

¡Uf! No puedo creer que haya escrito eso.

Solo sé que tiene que doler, este momento.

Como dolor de parto, que nunca sentiré.

Los años de guardar silencio. Con vergüenza de mi propio sentir. Escondiéndome detrás de otra enseñanza, la no deseada. Pero aceptada.

A pesar de todo, a pesar.

La llave está debajo de la alfombra hecha con papeles de caramelos.

Y la puerta no es otra que la de mi casa.

Afuera mi mundo, el construido a medida de mi persona.

¿Cuántos momentos hay en la vida para empezar todo de nuevo?

Todas las preguntas.
Una aprende entre silencios. Corrijo, aprende de gestos cuando hasta las palabras ya no son necesarias. Me desplazo como caminando descalza en un jardín de cactus.
Pienso, “viví equivocada.
Peinando cualquier tallo torcido que me salga del alma.
Enderezando a golpes de maza clavos doblados.

¿Cuánto te cuesta a vos abrir la puerta de tu casa para salir a la calle?
Para mí, como abrir un agujero en el muro de un dique.
Y que el agua arrastre.

Vaciarse. Porque no se confundan. No se trata de ropa, ni de cirugías ni de hormonas todo esto.
Se trata de lo intocable en el alma. Lo inalterable. Y por eso mismo una tiene que hacerse cargo de ello.
Entiendo la manzana y entiendo el idioma de la serpiente. Me insufla una frase al oído. Muy clara. Muy distinta al silencio.
Me dice: ¡Tu nombre es Eva!




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